Sef art / Shutterstock
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El criminólogo estudia empíricamente el delito y el delincuente. Nuestra labor incluye, entre otros aspectos, conocer la cantidad de delincuencia cometida en una determinada zona o establecer las causas de una conducta delictiva. La gran pregunta a la que nos enfrentamos estos días es cómo afecta la pandemia de la COVID-19 al delito. Según datos hechos públicos recientemente por el ministerio de Interior, la criminalidad ha descendido en España durante el confinamiento un 73,8%. Pero estos datos tienen detrás una realidad más compleja de lo que parece.

Estudiar la delincuencia no es tarea fácil en condiciones normales. No es tarea fácil porque el delito es una actividad que, salvo excepciones, se lleva a cabo con la intención de que no sea detectada. Por lo tanto, esta tarea se vuelve más ardua cuando estudiamos el impacto que ha tenido sobre el delito un fenómeno natural, una guerra o una pandemia: en estos casos, la labor del sistema penal (de la policía, de los tribunales) se altera y consecuentemente, conseguir datos fiables es más difícil que en condiciones de normalidad.

Menos delincuencia callejera

¿Y qué delitos estudiar? El abanico de conductas delictivas es amplio, como demuestran los códigos penales actuales, y ciertamente esta pandemia nos da muchos ejemplos. Empecemos por los que nos son más cercanos.

El hecho que la población se halle confinada tiene como consecuencia la caída de la delincuencia urbana: menos gente en la calle o la ausencia de aglomeraciones hace que el carterista o el atracador tenga menos blancos a los que atacar. El transporte público se vacía, así como los centros comerciales o las zonas de ocio, y el turismo desaparece de las zonas más concurridas.

Si a todo ello le sumamos mayor presencia policial por las calles para controlar el cumplimiento del confinamiento (un control formal) o que muchos de nosotros estamos en un balcón mirando esta nueva realidad que nos toca vivir (un control informal), el ladrón actúa bajo condiciones que no son ni normales ni ideales. En estos momentos, aquellos comercios con mayor exposición al público (farmacias o gasolineras, por ejemplo) son los pocos blancos disponibles a la delincuencia callejera.

Más violencia intrafamiliar

Por otro lado, pasamos más tiempo en casa: el adaptarnos a esta nueva situación no es fácil, y genera frustración y nerviosismo que mal gestionado puede llevar a situaciones violentas. Determinados estresores pueden disparar y acelerar estas situaciones: la ansiedad económica, el miedo, la depresión, la ira o la cohabitación continua, entre otros.

Estas situaciones son peores en casos de violencia intrafamiliar, donde agresor y víctima(s) se hallan en el mismo espacio y aislados (una situación que favorece al agresor, quien ve su control sobre la víctima aumentado exponencialmente). A diferencia de la delincuencia callejera, la probabilidad de que este tipo de delincuencia ocurra es peligrosamente mayor.

El nuevo escenario impuesto por la COVID-19 pone de manifiesto la falta de opciones de búsqueda de ayuda para víctimas de violencia intrafamiliar. La ausencia de denuncias por parte de las víctimas puede implicar un aumento de la cifra negra de la delincuencia (es decir, la delincuencia no registrada).

Aumento de los ciberataques

Por otro lado, las horas transcurridas en casa teletrabajando o simplemente delante de algún dispositivo conectado a internet también nos hace más vulnerables frente a ataques informáticos. En estos momentos somos más dependientes del ciberespacio que nunca: esta dependencia crea vulnerabilidad, explotada por los delincuentes a través de intentos maliciosos de lucrarse con esta situación.

La ciberdelincuencia está aprovechándose de la pandemia para atacar tanto a empresas como a individuales. Junto a los ya más tradicionales casos de ransomware o phishing, ahora encontramos también ataques de vishing (la comisión del delito a través del uso de mensajes de voz) o smishing (la comisión de ciberdelito a través de mensajes de texto), muchos de ellos relacionados con la pandemia.

Racismo, pobreza y violencia, acentuados

Si bien estos tres casos son los más cercanos a nuestro día a día, no hay que olvidar que la delincuencia reviste muchas más formas: hablo de ataques racistas y delitos de odio hacia personas de determinados colectivos (pensemos en ataques a determinados colectivos, por ejemplo, culpándoles de haber propagado el virus o ataques a personas que viven en la calle); de situaciones de extrema pobreza en áreas del planeta que pueden desembocar en situaciones de saqueo o incluso en enfrentamientos armados (violencia política); nuevos mercados ilícitos y oportunidades que serán explotados por parte de organizaciones criminales; entre muchos otros escenarios de índole delictiva.

Bienes culturales desprotegidos

Aunque los escenarios más preocupantes son aquellos que hacen referencia a una víctima humana, no olvidemos que nuestro código penal tutela otros bienes como el patrimonio cultural, por ejemplo. Muchas instituciones culturales se hallan altamente desprotegidas, como se ha podido comprobar con el robo del cuadro de Van Gogh “El jardín de Nuenen en primavera”: el robo se perpetró en un ataque nocturno al museo de Singer Laren en Holanda. Este es un claro ejemplo de la transversalidad delictiva generada por la pandemia.

Estamos todavía en una fase relativamente temprana de la pandemia, a la espera de la recopilación de diferentes estadísticas para ver si las predicciones realizadas se han cumplido o no. Los criminólogos seguiremos planteando importantes preguntas relevantes a nuestra seguridad: ¿cómo evoluciona esta cuestión? ¿Cómo varía de zona en zona? ¿Estas tendencias se mantendrán o cambiarán? ¿Qué pasará con las mismas una vez acabe la pandemia?

Hay que estar preparados y todo lo que se pueda ir analizando será avanzar en conocimiento sobre los efectos de la pandemia sobre el delito, y lo que es más importante todavía, avanzar en su prevención. Un trabajo que pasa por la investigación científica de alta calidad. Obtener conocimiento de estos temas es, en el fondo, conocernos mejor y estar preparados.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

The Conversation



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